Nada (mucho) que celebrar

Invasoras cumple 10 años publicando teatro desde los márgenes y nada (del todo) ha cambiado.

Esta es solo una opinión subjetiva del editor, sin embargo, esta misma subjetividad es la que influye en el hecho de (no) celebración.

A nuestro modo de ver, las estructuras decimonónicas de la cultura siguen en pie, no sabemos si por falta de valor hacia un cambio efectivo o por resiliencia sistémica (podría ser peor) (imaginen un giro brusco de los paradigmas) y esto lo que significa es que hacer teatro sigue siendo igual de complicado que siempre (salvo que estés en el lugar y el tiempo que la industria cultural quiere).

Con salas alternativas haciéndole la competencia al teatro comercial y la mayoría de los centros institucionales tratando de aparentar novedad, lo cierto es que el único acontecimiento claro que podamos cuantificar honestamente es la progresiva desaparición de los márgenes. Si hablamos de funciones pagadas dignamente, no solo se programa menos teatro contemporáneo sino que se programa el mismo teatro de forma repetida, estrechando las posibilidades de investigación e innovación escénica. A lo sumo, muchas creadoras y creadores pueden aspirar a una residencia con la que paliar mínimamente su frustración pero las dificultades para producir y llevar a escena nuevas propuestas aumentan cada año.

Como consecuencia de esta situación, los textos que en un pasado venían a configurar la base de las creaciones han perdido gran parte de su relevancia, minimizando su influencia en la escena y afectando gravemente a su vigencia como lugares de pensamiento sobre la realidad (la profundidad es incómoda) (el ahora es fugaz) (lo político disgusta) (el compromiso es relativo) (la relatividad de la calidad impera).

Que Invasoras siga, después de 10 años, reivindicando esos márgenes en los que el teatro se funda desde la palabra, es, posiblemente lo que con mayor intensidad podemos celebrar, teniendo en cuenta, además, la progresiva destrucción del tejido editorial de base: con cada vez más empresas de autoedición, con librerías cerrando, con facturas emitidas impagadas, con Amazon como referencia, con menos lectores reales (y menos aún de teatro), con bibliotecas públicas que no compran libros salvo que tengan el sello apropiado y con unas ayudas a la edición que impiden que los proyectos de modesta tirada puedan solicitarlas.

Es un milagro, en consecuencia, que en 10 años hayamos podido publicar tanto, a pesar, como decimos, de todas las minas sembradas sobre el terreno cultural, a pesar de que también el teatro ha sido devorado por un capitalismo extremo que exige rentabilidad a las ideas; y por esto, tal vez, lo mejor sería celebrarlo, eso sí, sin mucha fiesta, porque las miles de horas invertidas en sacar este proyecto adelante solo han conseguido que tras pagar una factura podamos pagar la siguiente sin deudas, pero nada más. Nada más.

Mucho (nada) que celebrar.

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